Historia
Uchuraccay: 41 años del asesinato de ocho periodistas en Perú

Han transcurrido más de cuatro décadas. Desde entonces, la Asociación Nacional de Periodistas del Perú, el gremio sindical de trabajadores de prensa más antiguo y de mayor prestigio de ese sufrido pueblo de América Latina, cada 26 de enero hace una romería a Uchuraccay, un caserío ubicado en las alturas andinas, para recordar a los ocho periodistas que fueron asesinados con alevosía y ventaja, cuando estaban investigando las causas de la violencia en los tiempos del terrorismo de Sendero Luminoso. La respuesta fue matarlos y por más que se identificaron, les quitaron la vida. ¿Quiénes fueron? La comisión presidida por el escritor Mario Vargas Llosa responsabilizó a los campesinos, supuestamente por haberlos confundido con agitadores extremistas. ¿Fueron solamente ellos? Las pruebas acumuladas dicen que no. Hay indicios de la presencia de personal con botas que instrumentaron el cruel suceso. Un grupo de los primeros sufrieron cárcel, mientras del sector de los segundos, nadie, absolutamente nadie, afrontó juicio alguno.
La Asociación Nacional de Periodistas del Perú desde aquel día del 26 de enero de 1983, se hizo cargo de reclamar justicia y, por eso, año tras año, venciendo distancias y riesgos, camina en silencio, en señal de dolor, pero también de protesta por la impunidad que se ha dado y que ha continuado con otros tantos periodistas como Jaime Ayala y Hugo Bustíos, víctimas en fechas posteriores tanto del terrorismo demencial como también de los excesos de los represores.
Es evidente que lo que ha pasado sigue siendo presente. Y como decía Luis Guillermo Lumbreras, un prestigioso intelectual ayacuchano, tal vigencia asusta y atemoriza. Las injusticias llenan las páginas de la historia y están aún presente en las personas e instituciones que caminan por las calles con nosotros.
Este episodio recordable porque la verdad murió conjuntamente con el asesinato de ocho trabajadores de prensa, tuvo sus antecedentes cuando el 29 de diciembre de 1982, el presidente del Perú, Fernando Belaunde Terry, ordenó a las Fuerzas Armadas asumir el control interno del Departamento de Ayacucho, lo que indujo a que los infantes de Marina y las Fuerzas Especiales de la Policía, conocidos como “Sinchis”, fueran a las punas de Huanta y Ayacucho –entre ellas, a la comunidad de Uchuraccay- con la consigna de que los campesinos debían matar a todo extraño que llegase a pie hasta esos lugares. Una semana después, el 26 de enero de 1983, los comuneros de Uchuraccay asesinaron a los periodistas Eduardo de la Piniella, Pedro Sánchez, Félix Gavilán, Jorge Luis Mendivil, Willy Retto, Jorge Sedano, Amador García y Octavio Infante, que eran extraños que llegaron a pie hasta sus tierras. Les acompañaban el guía Juan Argumedo García y el comunero Severino Huáscar Morales Ccente, vecino que fueron tenidos por aliados de los extraños llegados a pie. Los comuneros enterraron temporalmente los cuerpos de los extraños visitantes a los que habían ajusticiado, a fin de entregar sus cuerpos a las fuerzas del orden, en estricto cumplimiento de la consigna recibida de los asesores militares.
En medio del conflicto armado y la violencia desatada, creyendo que contaban con el aval del Estado, enviaron emisarios al pueblo de Tambo, para informar de lo ocurrido y pidiendo, en consecuencia, apoyo a las fuerzas del orden en la protección que requerían frente a eventuales acciones de venganza de los subversivos. La respuesta llegó junto al escándalo nacional e internacional que causara el asesinato de los periodistas, con una secuela de terror, que comenzó por restringir con gran severidad el acceso del periodismo a las zonas rurales de Ayacucho, impidiendo la información sobre las muchas masacres que siguieron como parte de la política antisubversiva .
El trauma colectivo no ha desaparecido. Va a durar mucho tiempo. El gremio de los trabajadores de prensa sigue enlutado y el tiempo transcurrido ha reforzado su posición, serena e inflexible, que requiere el análisis objetivo del caso, y que se haga justicia de verdad porque ningún pueblo civilizado desprecia la vida.
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